jueves, 10 de febrero de 2011

Sobre gustos...

Leyendo esta entrada de Pablo, recordé que a mí me pasó algo similar cuando era una infante.

Teniendo aproximadamente 3 años, desperté yo una mañana con el ojo deformado cual Jorobado de Notre Dame. Y cuando digo que tenía el ojo como esa caricatura, realmente lo tenía así; Mi cara era la de un monstruito. Todavía estoy agradeciéndoles a mis progenitores que me hayan llevado al médico en vez de sacrificarme en la hoguera.
El doctor en cuestión informó que un mosquito me había picado en el párpado y que por ello debía tomar una medicación, que si mal no recuerdo se llamaba Omega 100.

El problema fue que dicha medicación tenía un sabor por demás agradable. Sí, me había gustado el remedio. No podía esperar a que me dieran las dosis de cada día, las esperaba con ansiedad y la alegría invadía mi ser cuando era la hora.
Tanto, tanto me gustó, que una noche agarré mi sillita amarilla de madera, la puse contra la mesada y me trepé a la misma, donde se encontraba la caja que contenía el frasco de mi felicidad. En un suspiro ingerí todo el líquido, metí el frasco dentro de la caja, cerré la misma y la volví a colocar en su lugar como si nada hubiese pasado. Afortunadamente no reparé en que la silla había quedado contra la mesada, cosa que le dio a mi madre la pauta de que había pasado algo raro.

A media mañana del día siguiente vino mi tío con facturas, y desayunamos con él. Mi tío me salvó la vida. Pasando el mediodía, mi madre descubrió horrorizada que la sillita estaba pegada a la mesada, y que el frasco estaba vacío. Me llevó de urgencia al hospital, donde de inmediato procedieron a hacerme un lavaje de estómago.
No sé si a alguien le habrá pasado, pero fue una de las cosas más horribles que viví. Cuenta mi madre que tuvieron que sostenerme entre cuatro (4!) personas para inmovilizarme y meter un tubo del diámetro de un dedo por mi garganta hasta mi estómago, y de esa manera absorber lo que se encontraba en el mismo.

El médico preguntó si yo había comido algo en el transcurso de tiempo en que el remedio se encontraba en mi organismo, y sí, había comido esa factura con crema pastelera que a mí tanto me gustaba de chica. Mi tío me salvó la vida, decía. El doctor explicó que gran parte del antibiótico se había absorbido en ese alimento que yo había ingerido; Y que debido a eso tardó más tiempo en absorberse en sangre.
Si no hubiese sido así, para ese entonces yo ya hubiera estado muerta.

5 comentarios:

Peperina dijo...

Cuando los medicamentos dicen "no dejar al alcance de los niños", no tienen en cuenta el altísimo poder creativo de los niños a la hora de procurarse algo rico, o prohibido!

denise dijo...

el amoxidal (de cajita amarilla y negra) era la posta, fue el único medicamento que me gusto.. ese que decís no tuve el placer

J dijo...

Aguanten los mejoralitos guacho (?)
Te diste cuenta lo psicopatas que somos nosotros, no? Todos con algun medicamento predilecto.
Eso demuestra que las drogas por algo fueron puestas en este mundo (?)

Dany dijo...

Que fue de la vida de tu tio? Mandáselo a Pablo!!

sofía dijo...

Peperina: Fija que es la moraleja de mi anécdota jajaja.


Denise: Hay que enfermarse más seguido! jajaja


J: Sí, lo noté, viene complicada la mano.


Dany: Y mi tío ahí anda, lo voy a contratar como sanador.